Rojo es una película llena de soledad, una banda sonora cuyos cortes siete y doce he escuchado hasta transformarlos en poemas, fondos de poemas, donde el fondo y el poema se han unido por cada uno de sus ritmos, los de la palabra y los de la música.

Roja es la violencia de las noticias que te cambian la vida sin remedio, en un flash de taquicardia y pánico, que con el tiempo se vuelven azules de tristeza contenida, o tal vez negras como la pena que no busca consuelo porque se sabe irreversible.

Roja es la ciudad cuando la noche te pertenece sin márgenes y las calles están para que las recorras, sin rumbo que limite tu paso.

Rojo es el cielo de algunas tardes desde el balcón de casa mientras leo sobrepasando chimeneas y antenas que no van conmigo, que  me demuestran la vida que no me pertenece.

Roja es la escritura urgente que contesta cartas e inventa historias. Rojo el pequeño dolor guiado por la mano, la sed, la llamada que se queda sin respuesta.

Rojo es el color de una cortina que con sólo estar repele la frialdad del blanco, acoge como si abrazara y hace fácil quedarse un rato más.

Rojos son los amaneceres de dos años desde una casa de campo. Roja la sensación de seguir viva después de la amenaza de la noche.

Rojo cuanto salió de la tierra en ese tiempo, hiedra o flor, lombrices, caracoles, fuego, la tierra misma descubierta y arada.

Roja es la angustia, la rabia, la impotencia de la inmovilidad, el frenazo obligatorio, la dependencia, las muletas, el momento preciso recurriendo a la memoria sin opción de cambiarlo o suprimirlo.

Rojo es el jersey, la manta que da abrigo, la otra piel inseparable del invierno, cuando la piel humana es gélida hasta temblarle las palabras.

Roja es la desnudez cargada de deseo, la búsqueda de labios, de huecos y de aristas. Rojo es el cuerpo que se arquea, el músculo tensado, el corazón tremendo marcando la cadencia, la humedad desbordada en el insomnio. 

Azul es el único cuento que recuerdo de mi padre. La visión de una noche iluminada por la luna acercándose hasta su ventana. El tacto concedido en una milésima de segundo. Consistencia de esponja.

Azul es doblar el tronco hasta meter la cabeza entre las piernas y darle la vuelta al mundo, es hacer del cielo un mar que no estaba al alcance de mi pueblo.

Azul es flotar en el agua de espaldas cubriendo los oídos, quedar a solas con la respiración, con las nubes, con la estela de un avión  marchándose muy lejos.

Azul es Birdy volviéndose loco por volar, son todos los pájaros recogidos del suelo, la presión justa para salvarlos de su miedo y mi miedo a su  muerte. Azul es cazar hormigas sin matarlas del todo, es paciencia, contradicción, empeño.

Azul es tirarse a la piscina, huir de la parte de arriba de la gente, es llorar con silenciador, disimulando lágrimas de agua, justificando con el cloro el peso de los ojos.

Azul es un fractal en el caos de la adolescencia, la belleza sin forma comprendida, el infinito.

Azul es el mar inmenso de la infancia donde me llevaron a respirar y que sin embargo, me cortaba el aliento a la manera de Galeano, aún desconocido a mis tres años.

“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

—¡Ayúdame a mirar!”

Azul es la pérdida, Preisner, los nudillos contra el muro, el frío y la fragilidad masticando caramelos como acto inútil para acabar con el recuerdo. Azul son crías de ratones devoradas por un gato, la lluvia, un accidente de tráfico, la tragedia de los supervivientes.

Azul es más tarde Cabo de Gata y El pájaro de la felicidad salpicado de poemas de Ángel González:

“La soledad es un farol certeramente apedreado: sobre ella me apoyo.”

Mantenerle la mirada al sol hasta conseguir chispas para un rato.

El plano que recorre las ciudades girando entre las manos sin lograr situarse.

Una estación esperando llegadas, una estación para salir corriendo.

El breve otoño, el viento y los contrastes, la flor impasible del verano.

La noche tumbada frente a un atlas jugando a los países.

La revista abierta ante el descubrimiento.

La luz de la tristeza sostenida entre la tarde y las voces de los niños corriendo al otro lado de la puerta.

La respuesta que se espera en la parte opuesta de un paisaje, los libros encargados, el soplo de todas las sorpresas, las letras que se pierden reclamando en correos.

El único punto fijo de todas las mudanzas, la relación más estable de la vida, una cita constante que consume la calle hasta el contenedor de la basura.

La rendija de las pesadillas que nunca dejaron de tragarse cuanto quise, lo que temí perder, la puerta que cambia lo ocurrido, la línea más directa entre dos puntos, la caja donde reside la oportunidad.

El humo, el cansancio, el silencio del flexo, la angustia de esta pantalla que me escribe.

Blanca es una enorme habitación asentada en el vacío.

Las horas del colegio, el diccionario,  la imposición del miedo a no saber, del miedo a preguntar.

Blanco también el frío de la calle en la garganta.

Un “basta” al pensamiento.

Blanca es la luz que rompe tu intimidad y la mía, distanciándonos, imponiendo este tono de voz tan lejano a tu oído.

La espuma de las olas repetidas.

Blanco además el vaho en la ventana de tu casa.

La dureza del mármol donde caigo.

Blanca, la extremada limpieza sin vida cotidiana.

Blanca es la extrañeza de amar en el mínimo tiempo conocido. La niña de mis brazos y mis besos. La frágil arquitectura de su cuerpo invencible.

Blanco roto en pedazos el grito de la última separación.

La muerte de los otros siempre es blanca.

Los días en París también son blancos: “Plegada la blanca cortina, ella camina, dos pasos, y se vuelve, quieta la cortina, la luz titubea en sus ojos. Doradas lámparas. La tarde asiente, silente. Blanco arde el día.”

El silencio que le queda a la página desde aquí, también es blanco…

Mark Rothko.

 

Pintor del silencio.

 

Extinción cromática.

 

Sombra sobre sombra.

 

Anuncio de la muerte 

 

Escribir comentario

Comentarios: 1
  • #1

    tgnecco@.es (jueves, 21 enero 2010 21:09)



    MAGNIFICO¡mi más sincera enhora BUENA