Se puede sentir en un abrazo la firmeza del mundo, el verdadero amor que se agazapa, que fluye subterráneo en el paisaje hostil, irrespirable. Se puede sentir la tierra entera, con el aire incluido, temblar cuando encuentra su medida, temblar cuando la pierde y la rescata.

Adelantar el tiempo y terminarlo rápido, siempre un mañana punzando la muñeca, un lugar diferente, kilómetros de nada que alejan del ahora.

El final es siempre conocido, una palabra, un punto, una cama donde plegar la línea que iguala los extremos, o aquella carretera secundaria que anticipa el miedo.

Ver. Detener la mirada. Improvisar los minutos. Consciencia del caer de la tarde, del inicio del día. Poder arrancarle el óxido a cualquier circunstancia.

Ella, como quien dice una página en blanco, una semilla con el agua y la tierra incorporada, una marea que crece hasta mojar los pies, borrando los caminos y las huellas, haciéndose de agua hasta inundar la cabeza con pájaros y estrellas.

Barrer las calles del cansancio que cae de los bolsillos. Oír las campanas como si nunca hubieran tañido ningún otoño cruel, donde todo se cae en la memoria, y el frío llega sin haber arreglado los armarios.

Vivir como un viaje. Dejar el tiempo en paz. Medir el sol de injusticia, la empinada cuesta que suda lo que anhela, las luces que la van conociendo pasar y detenerse, la sorpresa de un paisaje que grita, la tranquilidad de un banco en cualquier plaza.

Vivir como si no conociera la palabra agonía o meta o mañana, como un mínimo o una historia entrañable, una muda limpia en la maleta, un me alegro de verte o un me sobra la prisa.

Una noche, al borde del alba, cuando haya dormido suficiente, le gustaría despertar en una sonrisa, mirar sin decir nada, desnudar las manos del reloj que aprieta, que falla, tomar los dedos y conducirlos hacia un cuerpo, tranquilamente alerta, buscar el centro del amor, un estoy de tu parte, un yo nunca te engaño, un ni de lejos así, niña perdida, mi querida cabeza con pájaros y estrellas.

La esperanza envejece. Sacas al sol la humedad íntima de tus noches. El balance de la vida se hace vértigo. Parar en seco. Escapar de otro final con mariposas en los bolsillos. Los caminos trazados son voces, sirenas que cantan la errónea facilidad de la quietud. Mil pájaros volando en tus manos vacías. Narciso y su reflejo soñándose a sí mismo. Recoger el pasado sin mirar lo que tiras. Viejas esperas que arrancaron tus alas. Subir. Quemar todo lo muerto que retumba. La gravedad del verdadero amor, combustible que ilumina mientras arde, te arde, tarde. Airear el deseo dejándolo mecer por las corrientes y despertar un día, cuando hayas soñado suficiente, mujer de agua, escondite de sal, puro presagio.

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