Imán

 

Mirar el mar desde tus ojos parece una frase hecha para ser bonita nada más, pero ahí están tus ojos y la luz, el silencio que rompes cuando puedes venir a preguntar dónde se acaba, cuando vuelves a ser tú necesitando límites precisos, puntos fijos, distancias exactas, tiempo que se tarda sin aproximaciones.

Te acercas desde la comodidad de una hamaca entre árboles a la silla que dividimos cabiendo a poco. Te voy contestando sobre Venus, las estrellas fugaces, la gravedad en forma de manzana y tu piel suave como ninguna otra se introduce en mi garganta que sigue hablando para que no te marches. Y me preguntas si hoy podemos quedarnos hablando hasta la una, la hora más singular y  lejana que cabe en tu cabeza de niño. Ese “claro” que dices sé entonces que es mío, aunque a las doce agarre tu cuerpo flaco de princesa con los ojos cerrados y te meta en la cama y te pida un silencio que vas rompiendo sin saber lo que dices, soñando con estrellas y volcanes.

Tu memoria y la mía se van trenzando como la hierba que vas cogiendo río arriba, que enganchas al dedo de tu pie en el primer descanso y por arte de magia conviertes en cuerda mientras no puedo dejar de mirar lo grande que eres.  Ya es mío el miedo de tus noches encerradas, los golpes porque existes, el pis en las sábanas durante muchos días. De mí sólo te doy el origen de esta cama antigua donde vienes a ser chico los domingos. Entonces me preguntas cómo naciste aquí y yo te cuento la más bella historia de amor que me ha ocurrido.

El mar, como un imán sobre mis ojos, ha dejado su orilla y su horizonte para vivir en ti. No te quito el frío haciéndote venir para secarte como todas las madres. Te veo tiritar y sé que son las olas, la espuma de tus olas sobre mi pecho firme como un faro.

El niño más valiente del mundo

 

En un país muy cercano vivía un niño especial. Él no lo sabía, pensaba que era distinto porque su color de piel apenas se usaba en su país, porque los artículos aún no habían conquistado su forma de hablar, porque en unos meses creció quince centímetros y todos decían “qué barbaridad, está más alto que hace una semana, no tiene límite”.

Su cuerpo conquistó el espacio venciendo al tiempo. Su mente asimiló a la velocidad de la luz palabras que antes no significaban nada, territorios, planos, sílabas tónicas y átonas, animales vertebrados, ovíparos, animales como mascotas que no producen leche o huevos.

Este niño que quiso llamarse Hanyu Gómez había luchado a muerte con la tristeza y la mantenía bajo su espada láser la mayor parte del tiempo.

Hanyu no se daba cuenta de lo valiente que era. Sólo veía en él miedo, como si la gente valiente no tuviese miedo. Se enfrentó solo al patio de un colegio sin conocer a nadie, entendiendo a medias lo que le decían. Tuvo miedo de olvidar y sin embargo comprendió muy pronto que las cosas verdaderamente importantes jamás se olvidan. Pensó que estaba solo, que el amor depende del tiempo de contacto y vio que estaba equivocado, que para dos personas era el niño más importante del mundo, sin contar a sus primos, a su amigo Mario, a su amigo Caco y a los abuelos.

Hanyu aprendió que nadie ataca por subir a un tobogán, por pasear por la calle, por hacer la compra en el super, por merendar en una plaza. Hayu aprendió que se puede dormir con una sola almohada, sin hacer un fuerte en la cama, que se puede abrir la puerta del frigorífico sin pedir permiso, que se puede desgastar el nombre de mami cada vez que haga falta. En definitiva, este niño especial, aprendió tantas cosas en tan poco tiempo, que bromas aparte, lo hacen bastante superdotado.

A veces a Hanyu, como a todo el mundo, lo asalta la tristeza porque a las espadas láser de vez en cuando se le acaban las pilas. Entonces piensa que él solo no puede, no puede, no puede, en general y en concreto. En esas ocasiones hay un truco mágico muy eficaz, consiste en respirar con la barriga, ver que solo no puede porque solo no está, detener la imaginación cuando le grita: “y si me regañan, y si no hay, y si me pegan, y si no me oyen…”, retroceder la cinta de la memoria y ver a cámara lenta  todo lo que ha sido capaz de hacer sin que nadie le regañe, sin que nadie le diga no hay más, sin que nadie le pegue y sin haber tropezado con un sordo.

Hanyu teme que su  mami se enfade por  comer la manzana escondido en los servicios del cole, o por  pasar dos horas en el patio sin jugar, o porque se queda con hambre y no pide por favor si puede repetir. Está equivocado, sólo necesita recordar cuando escondieron sus relojes para que él preguntara la hora a esa señora que pasaba por la calle, o cómo se divierte ahora jugando con los amigos, o que nadie le echó de la biblioteca, que nadie le preguntó “¡¿tú quién eres, qué haces aquí?!”, sino “¿cómo te llamas?, ¿quieres un libro?”.

Hanyu es un niño muy especial, el más valiente de todos y es valiente porque tiene miedo y lo vence. Los demás se atreven a hacer otras cosas,  simplemente porque no tienen que luchar contra nada.

Las vacaciones de la familia Baloco
Las vacaciones de la familia Baloco

Estrenamos una tranquilidad sin atajar detalles, por ellos van hoy dos idas y una vuelta, dos vueltas y una ida, un lío de escenarios.

El último cuento de la noche me ha tocado, a veces pienso que estaría bien dejar de interpretar, de dar suspense, de cambiar la voz en cada personaje, porque luego me dices que tú solo no sabes, que no dicen lo mismo. Después quiero creer que no es así y si lo fuera, ¿hasta dónde elegir la autonomía a costa de los lazos que enredamos?

Y tal vez por los lazos te metes como siempre, donde nadie te llama o donde nadie te echa, a preguntar qué le pasa a la abuela con sus cuadros. Te digo que los dona porque no quiere darme lastres tamaño catedral y llenos de recuerdos. Te explico la enorme contradicción que me provoca, la tristeza de fondo que no captas se me nota en la cara y rompo la escena prometiéndote donar también mi montaña de libros. Pero eres tú quien parte mi tristeza en cuatro trozos y tira a la basura lo que sobra. Sin dudarlo me dices que ni hablar, que mis libros son tuyos y piensas ir leyéndolos uno a uno en cuanto puedas.

No sé lo que te traes entre manos, una varita mágica quizás. Hoy me ha dicho la abuela que quieres que te enseñe a pintar en verano.

Vamos quemando etapas rápidas como tu luz, astronauta, quiosquero, paleontólogo, bombero, y hoy quieres ser pintor de enormidades y lector compulsivo… en verdad eres un mago que ordena cuanto toca, las idas y las vueltas, los líos de escenario.

No sé cuántos miles de kilómetros separan estas dos ciudades, las cifras no me aportan nada, pero doblo la esquina y escucho la misma música día tras día, las mismas caras me sonríen como si fuésemos presencias habituales, la construcción del edificio, la chica del cyber sentada en su silla viendo vídeos. No son imágenes que guarde intactas en la memoria, es que el tiempo que pasa no se nota, el tiempo que pasa es un tiempo distinto como esta noche conversando contigo.

 

Tu mente ha transformado los detalles, los enormes detalles que no cambian, ha asfaltado las calles, les ha puesto farolas, ha ampliado los kilómetros que para ti sí significan.

 

He intentado explicarte las distancias como convertimos monedas sorprendidos. Lo que vale un viaje en los columpios, lo que cuestan los cromos que te gustan y la imposibilidad de subdividir un céntimo físicamente cuando queremos comprar al doblar esta esquina.

 

He intentado explicarte los recuerdos, las trampas de la mente, un día entero de viaje no llega a suplir el beso que te doy mientras tú duermes y cien kilómetros después el beso que me das al salir del colegio.

 

El tiempo que pasa es un tiempo distinto.

 

Hace poco pensabas que no podíamos salir de casa de una amiga sin linternas porque había anochecido, hoy no puedes imaginar lo que ya has visto, una ciudad carente de semáforos. Pero aún será más distinto cuando dobles la esquina y huelas todo el aire.

 

Hace una semana me llevaste corriendo al servicio de chicos, me cogiste del brazo acelerado para darme el mismo susto que te habías llevado. Pronto, tampoco a ti te atacará el secador de manos ni esperarás que alguien te vea a través del teléfono.

 

Cuando dobles la esquina te agarraré como en tu primer viaje en avión, y aunque no me será tan fácil demostrarte mi fuerza echando pulsos, ni te harán efecto mis canciones, ni seré tan eficaz rompiendo miedos como entonces, me pegaré a ti para susurrarte las palabras del idioma que ignoras, te cogeré cuando te asalten los recuerdos de golpe, te explicaré que sin trampas no se puede vivir y esta vez sí, lloraré contigo lo que no hemos podido llorar en miles de kilómetros.

Una mañana de viento tú juegas a volar. Me pides que dispare a la velocidad de tu luz, me miras y sabes si hemos conseguido detenerte en el aire. Yo te digo lo que persigo ese día. Hoy no quiero palabras. Me sigue extrañando que no te extrañe nada. Sea lo que sea lo que quiero, tú buscas y señalas,  vas aprendiendo en los descartes.

 

Empecé a escribirte este diario seis horas después de abrazarte. Ese cuaderno negro me dejas que lo guarde bajo llave. Sospechas que no querrás leerlo hasta mayor.

 

Frente a la cristalera de este restaurante repetido me piden otro hijo y me atraganto. Tú pones las antenas y dices que no quieres. Nadie nos quiso nunca, nadie quiso que llegásemos los últimos aunque luego aprendieran a querernos.

 

“Bueno, vale, yo soy bueno”. Tú sí, pero yo no podría pasar de viejo por la misma historia.  Un día te contaré que no fuiste el primero sino el último, lo mismo que yo, que cuando nos dicen que somos iguales en memoria, en imaginación, en ironía, en esta maldita timidez de cosas usuales que a nadie le inquietan lo más mínimo o en esta osadía que pocos esperan de nosotros  o tal vez si la esperan y somos tú y yo los sorprendidos… cuando nos dicen eso están hablando en clave para ti, hay cosas que un diario no puede soportar aunque tenga las tapas duras como diamantes y arrojemos la llave al fondo de este mar.

 

Y a pesar de todo hay tantos ojos clavados en mis ojos con tantos nombres colgados de mis labios que no encuentro ese último que me lleve a un final.

infancia rota
infancia rota

Te llevo conmigo, te llevan de mí y luego el mar.

 

Primer tiempo:

Pesa tanto la aventura de salir de noche que es buscarte bajo el edredón, decir tu nombre y saltas preparado para viajar conmigo. Te oigo en el baño mientras cierro maletas, me conmueve el ímpetu con que lavas tu cara. No es hora de repetir que no somos curtidos leñadores y que los azulejos no necesitan agua para crecer, para hacerse cascada, porque ya estaban limpios.

El reloj te aprieta en la muñeca. Es tanta tu prisa que cuando voy contigo siempre nos toca esperar mirando los andenes. A lo mejor te gusta preguntar por destinos, que hablemos de ciudades.

No intento oír noticias, detenerme en la música de todas mis mañanas. Escucho tu silencio mirando ventanillas. Cada paisaje tiene una duda escondida esperando respuesta.

Ya nadie mide altura sino espacio vital. Te dejas abrazar sin querer escaparte.  En el pequeño ritual del NO que me dedicas, me retas pidiéndome permiso para  tirarte desde el segundo piso,  juegas a asustarme levantando la pierna sobre la barandilla y esta amiga de siempre con la que paseamos te pellizca en el culo y te dejas reír.

Segundo tiempo:

Has metido mi número en tu cabeza, eres el encargado del teléfono, con permiso para fotografiar en carretera.

Hoy, por primera vez en toda nuestra vida, has venido a besarme apartando otros besos, exigiendo tu turno. Mi niño nadie comienza a saber de su lugar, primer plano de todos los afectos.

Una hora después, tan importante para ti el uso del segundo, me llamas y me informas de tu primer peaje.  Has hecho fotos de los coches, muchas porque se mueven rápido, porque te mueves rápido tú también. Te digo que esas valen, que luego les sacamos estelas de colores y pueden formar parte de tu cuarta película. Pero son para mí, me regalas tus ojos cuando no puedo verte. Y yo te digo, escucha, pasan tambores por debajo de casa. Me das un beso con palabras porque quieres que cuelgue para que te lo grabe.

Abro las ventanas y mi pijama choca con el rito del día. Enfoco el vacío y me quedo en la música. A tu edad esta música se ataba a mis zapatos, al olor del incienso, a la gente excesiva, a una mano de más como parte del cuerpo.

Y luego viene el mar, que no tiene palabras.

Cuando vuelvo pregunto si preguntas por mí sin que tú sepas nada. A la salida del cole pasas revista, -te lo explicó ayer-, te dicen, después me olvidas en el parque, derrapando a toda velocidad sobre tu bici. Mientras, yo aguanto con café las reuniones, el temor de pensar que dependes de mí y por tanto el aire ya no sirve. Contigo en la memoria derrapa a toda velocidad la presión por mi cabeza. La pizza del viernes se te adelanta el jueves sin que yo pueda verte, entonces vuelves a preguntar, tal vez por el sabor de los días especiales que hemos ido construyendo, por qué no he llegado aún, dónde estoy, dónde voy a dormir, cuándo vuelvo. Enfrente de una pizza tanta interrogación es un halago. Mi amor te piensa mientras suma kilómetros, mientras llega y es tarde y es cansado llegar y olvida comer algo y se mete en la cama agarrado al teléfono, mi amor y el teléfono preguntando por ti.

 

Ya no me sirve el aire y subsistir, te tengo que dar tierra y fuego y agua.

 

Hoy ya contigo te veo dibujar entre mi fiebre, también tengo una madre que llama y que pregunta, quiere venir a ver los puntos, los kilos que se van por el desagüe… y yo digo que no, esto se pasa en nada  y me veo de pequeña queriendo una madre gorda donde poder estar a salvo, una madre que me cantara la canción que tarareo desde entonces. Siento tristeza y le pido disculpas mentalmente, acaso ella haga lo mismo cuando cuelga y se vea de joven queriendo una hija con el pelo amarillo y sin esa manía de agarrarse a una música para encontrar la calma. Te veo dibujar entre la fiebre después de despedirte de la abuela e intento imaginar qué madre quieres tú, qué altitud, qué grosor, qué palabras te faltan o te sobran, de qué color son los abrazos que tú quieres, el aire, la tierra, el fuego, el agua y el amor.

Piedras

 

Érase una vez una madre a la que no le gustaba nada planchar. Se le daba bien cocinar por colores sin probar jamás la comida, guiada por el olor. Se le daba bien limpiar ordenando libros y papeles mientras viajaba en el tiempo. Se le daba bien lavar sin mezclar ropa aunque alguna vez la colada salió rosa pálido, muy a juego con todo desde entonces.

 

Érase una vez un niño estirado en el más amplio sentido. Estirado de ropa, el puño colocado en la muñeca, el cuello con el cuello, el pantalón a la altura del ombligo. Estirado de pelo, con la raya milimétricamente hecha en el centro geométrico del cráneo, peinado y repeinado y retocado cada vez que pasaba por delante de un espejo. Tan estirado de pelo que hubo que cortarlo un poco para que le permitiera ver el mundo. Estirado de cuerpo, tanto que batió todos los records, veinticinco centímetros en un abrir y cerrar de ojos.

 

Su madre se esmeraba en plancharle bien la ropa, luchaba con la tabla de la plancha, luchaba con el vapor, luchaba con las arrugas que iba formando sin querer, estas arrugas al menos eran de una ecuanimidad y de un estiramiento inmaculado.

 

Respetaba su peinado, sólo le llevó a la peluquería después de avisar durante dos meses que el pelo no se moja cinco veces al día en pleno invierno y menos después de haber tenido gripe, que el gorro se pone y se quita dependiendo de la temperatura ambiente y no de los espejos disponibles para retocar rectitudes. Ahora, tan sólo le acaricia la cabeza primero porque le quiere muchísimo y segundo para intentar desenfadar un poco su aspecto.

 

En cuanto al record de su cuerpo, es cierto que se ha enfadado con el médico por no haberlo previsto, que significa darse cuenta antes de que ocurra y sea tarde. Se queda mirándole cuando juega en la alfombra con su coche y no sabe dónde estirar el resto de cuerpo al que no está acostumbrado. Escucha sus miedos: ¿Si sigo creciendo así qué voy a hacer si estoy en tercero?

 

Esta madre se plancha las palabras mientras su hijo estira los oídos, le habla de los niños gordos, de los niños bajos, de los niños con gafas o con braquets; le habla de los niños de colores y de los niños transparentes, de los niños que les gustan los niños y de las niñas que les gustan las niñas, de los niños que les gustan niñas que no los miran y de las niñas que les gustan niños que no las oyen, de los niños que tienen dos mamás y de los niños que no tienen a nadie; de los niños que hablan por los codos y de los que no dicen ni una palabra; le habla de Marcos que nació sin brazo y de Pedro que nació con seis dedos. El toque final es invitarle a sumar para ver quién está libre de ser apedreado, pero para entonces están tan distraídos contando historias de personas así, normales, que el niño plancha sus oídos y la madre estira sus palabras.

Botellas

 

En un país muy lejano, cuyo nombre se ha roto por ahora, vivía un niño pequeño que se bañaba en el río, subía a los árboles y mataba un pájaro de cada mil intentos para comer.

O tal vez también puede ser así: “Allí” vivía un niño pequeño que miraba como los mayores se tiraban al río, cogían algún pez o buscaban en la orilla dientes de oro tras cada cremación, subían a los árboles para coger sus frutos y lo dejaban practicar con el tirachinas después de haber ido a recoger los pájaros alcanzados.

O quizás tampoco ocurrió así, lo cierto es que de aquel país lo más bonito fueron los árboles, los pájaros y un río, después de esto las personas que no vivían en su casa, porque las personas que no viven en nuestras casas, “Aquí” y “Allí”, suelen ser las menos dolorosas.

Lo peor de “Allí” era una botella que se multiplicaba, que se escondía, que tenía el color de un refresco y un olor tan fuerte que te agarraba la nariz impidiendo respirar.

Tras esta botella había siempre un hombre que hacía casas y arreglaba muebles o hacía muebles y arreglaba casas.

Cuando la botella lo alcanzaba tapándole la nariz con fuerza, se quedaba tumbado mientras las casas seguían a medio construir y los muebles se destruían por completo.

Cada vez que la botella se ponía por delante del hombre se producía una batalla a muerte. En cuanto el líquido casi transparente le tapaba las fosas nasales, el hombre se defendía con uñas y dientes, braceaba, se revolvía y antes de caer al suelo, mucho antes de caer, se llevaba por delante cuanto había a su alrededor, que eran dos camas, un colchón, una olla, una lámpara de petróleo, una mujer, tres hijas y un niño pequeño, porque el mayor, el más fuerte, se marchó tiempo atrás a trabajar a la ciudad para mandar dinero.

A veces la botella lo perseguía hasta la casa que estuviese arreglando y aunque no luchaba tan a muerte con ella para no herir a sus compañeros, estos lo llevaban inconsciente a casa y lo tiraban en el colchón porque a la cama ahora le fallaba más de una pata.

La madre echaba a todos al río, al bosque,  a buscar pájaros mientras ella tiraba la botella inútilmente, porque como ya explicamos tenía la costumbre de multiplicarse por todos los rincones.

El mal de la botella era muy común en este lejano país cuyo nombre se ha roto por ahora y era común porque la vida era difícil y a veces imposible, por eso aprovechaba la fragilidad de las personas y las atacaba hasta acabar con ellas y con todo su alrededor. Y así ocurrió, lo destruyó todo menos a los niños que ya no pudieron ir al bosque,  ver pájaros o bañarse en el río.

 

En un país muy cercano, tan cercano que jamás se nombra porque se está dentro de él, vivía hace tiempo una familia y una enfermedad mental, todos en la misma casa. La enfermedad mental se parecía mucho a la botella, atacaba sin previo aviso y la persona agredida agredía tratando de quitársela de encima y en esta lucha destruía todo lo que había a su alrededor, que en este caso era muchísimo más que dos camas, un colchón, una olla, una lámpara de petróleo. Peleaba con cualquiera que se pusiera en su camino y lo peor es que su camino jamás era predecible para así evitarlo y salvar la piel.

En este mismo país vivía hace el mismo tiempo otra familia y otra enfermedad mental, todos en la misma casa. La enfermedad mental tal vez se parecía a la botella pero el efecto en esta gente era muy distinto porque esta familia para no herir a nadie se quitaba su propia vida pensando que muerto el perro se acabó la rabia. Se equivocaban, muerto el perro la tristeza lo invadía todo y algunos para no contagiar tanta pena seguían el mismo camino. En este camino predecible era inevitable perder la piel.

Estas familias se encontraron dos veces. La primera vez una mujer de la primera familia se enamoró de un hombre de la segunda. La mujer destruyó y el hombre se acostó con ella pero a la mañana siguiente amaneció colgado para no contagiar. Contagió a su pesar, porque la mujer lloró y lloró, destruyó y siguió llorando hasta que le dieron una niña de la familia del hombre para ocuparla en otra cosa. No fue otra cosa, fue la misma, pero la niña se hizo grande y sobrevivió. Sobrevivió tanto o tan mal que se casó con un chico de la familia de la mujer y así se unieron por segunda vez.

Este chico de pequeño peleaba con la tierra intentando encontrar a la madre que se había tragado sin que él pudiera conocerla, luchaba con su padre porque sus caminos se encontraban a diario y tenía que salvar la piel.

Cuando se casó con la mujer de la otra familia era perseguido por la botella y a su vez perseguía a otra mujer que tenía en otra ciudad. Andaba por tantos caminos porque estaba acostumbrado a cruzarse con todos los problemas y no sabía vivir de otro modo.

Cuando se quedó embarazada su mujer, la primera, de la otra sólo conocemos el nombre y la ciudad, quiso un niño fuerte, capaz de afrontar caminos a la deriva, pero salió una niña frágil y lista. La próxima vez será, dijo como hablaba su familia, con tono de amenaza y la próxima vez vino alguien con tanta prisa que no podía esperar donde debía. Él pensó que era un niño fuerte que empezaba a atacar sin previo aviso. Ella temió que fuera otra niña que quería acabar con todo cuanto antes.

Llegaron las contracciones cuando aún no tenía posibilidad de sobrevivir y su madre pensó que acertaba, pero su padre llegó tan borracho que le dijo “hoy no, aguántate” y ella se aguantó sin saber cómo.

Cuando nació era una niña que no pudo esperar y rompió el molde y lo previsto. Siguió con la misma prisa año tras año, se aburría con los niños de su edad y cuando le dijeron que el aburrimiento era síntoma de poca inteligencia, supo que era tonta hasta el hartazgo. Siguió con la misma prisa y agredida y agrediéndose creció demasiado rápido dijo su madre y lo mismo confirmó el primer chico que la amó y al que llamaron profanador de cunas, mientras la cuna se fue como la pólvora. Insatisfacción vital dijo su segunda pareja y siguió ofreciéndole la botella de su padre por ver si se calmaba. Alguien con más prisa aún murió de un golpe y ella intentó matar el perro porque no podía con tanta rabia. A punto de conseguirlo conoció a otro alguien que se negó a creer en la genética, que comprendió su prisa sin intentar frenarla.  Quiso tener hijos jamás biológicos pero el amor deseaba unos ojos iguales, una cabeza igual y aunque no comprendió para qué otro ser con tanta prisa, con tanto aburrimiento de lo mismo, tan poco inteligente, se dispuso a repetir la historia empeñada en cambiarla desde cero y el cero le dio cero en el cuerpo de su hermana, esa niña frágil y lista que necesita una novela para expresarse. Y aquí la enfermedad de los cuerpos que se atacan a sí mismos, sin razón conocida y aquí la historia con diagnóstico pide prudencia, pero la hermana por una vez en la vida tiene prisa y tira hacia adelante con los ojos cerrados. La madre tiembla como nunca ha temblado y agradece al rayo que ha parido que se quede con ella.

Se queda con la vida pero entretanto, para buscarla, debe irse muy lejos, tan lejos que el nombre del país por ahora está roto. Allí le enseñan a esperar a bofetones, los suyos no le duelen, el umbral del dolor es algo relativo con cierto adiestramiento, le duelen los del niño, el niño de los árboles y el río, el niño pájaro. El niño de la prisa la espera y le reprocha el tiempo mal vivido. Pero luego se miran y sonríen porque van al mismo ritmo y ya nunca se aburren y dejan de ser tontos de repente y son capaces de entender a la gente frágil, tan frágil como ellos, que fueron asaltados al azar por botellas sistémicas y brotes destructivos y entrenan fieramente por escapar de todo lo que atacó cuanto quisieron.

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Comentarios: 2
  • #1

    cristina (miércoles, 24 junio 2009 23:11)

    Estos cuentos me atrapan y conmueven porque me recuerdan a un niño, un niño bueno a quien conozco y de quien conservo un regalo, un regalo que valoro y aprecio, es un barco marrón pintado sobre un mar o quizas amplio río azul verdoso. Hoy llevé ese barco a mi casa, para que no pase el verano solo entre ollas que no humean ,grifos cerrados y patios vacíos...Gracias por el dibujo...Gracias por inspirar tanta poesía....

  • #2

    Alicia (lunes, 13 julio 2009 10:03)

    Fantástico los vídeos de juegos, qué relación especial, qué sensibilidad en tus palabras...

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