Partían del viaje, del constante viaje de las olas, ida y vuelta cuando nada es lo mismo. Acariciaban el cristal donde se muestran los paisajes y una mano volteaba lentamente, plataforma de despegue, impulso y despedida.

 

Decir adiós es siempre tan difícil, arrancar las huellas de la superficie de los días y saber que el final es un punto y aparte que no supo seguir de otra manera.

Tengo sed de calor indefinido, de unos brazos que sostengan mis sueños, de un tiempo que no piense en marcharse, de un tiempo que no piense… de un reloj detenido, de una aguja invisible que no quiera clavarse en el miedo que avanza sobre las despedidas.

 

Tengo sed de unos pasos redoblando los míos, de caminos perdidos más allá de las brújulas con su idioma insondable, del mar como sonido de todos los paisajes, de botellas de espuma con mensajes de urgencia como cartas de amor correspondido.

 

Tengo sed de no querer estar en otra parte, de encontrar lo que busco sin perderme mil años en tantos laberintos, de ser yo y que baste un pequeño pronombre para dejarme entrar sin visado aparente.

 

Tengo sed de borrar los residuos del frío que me habita, de las palabras rotas en forma de cuchillo, de las heridas viejas, del desamor caduco, de la primera vez que me vieron extraña y se quedó en insulto.

 

El aliento del lobo nos eriza la nuca. Sin nombrarlo me indicas que está aquí y yo te digo no, es otra cosa, no cuentes tonterías.

 

En mi casa me aprieta la garganta, me subo a la atalaya para poder llorar sin que me vean. Intento terminar esta carrera agotadora de relevos para que puedas apoyarte en mí y descansar.

 

Me he caído al final. Tengo tantas ganas de rendirme, tengo tantas ganas de llorar, de quedarme en el suelo mirando pasar nubes, hablando a las estrellas… no puedo levantarme.

 

El lobo me observa con tus ojos y no puedo levantarme.

 

Empecé a correr hace tres años, sabía que tenía que alcanzar el récord para agarrarte fuerte. Hoy ya cerrando pesadillas, vuelos que se desvían, el insomnio se impone para acabar conmigo

 

Sé que desde que pasamos por el tribunal de la cordura, no puedo decirte que te quiero, no puedo darte un beso sino dos, no puedo dar las gracias por salvarme la vida, no puedo comer cáscaras de naranja para que tú no pierdas tu apuesta de niña mayor a costa de la enana de tu hermana.

 

Alas de mariposa chocan contra estas mejillas por donde el agua se derrama.  A mí me pega jugar a “erase una vez la vida”: cuerpo se subleva contra cuerpo, se ataca a sí mismo sin razón conocida.  A mí me pega, nací con los ojos sujetos a la luna. Mírate, tú siempre fuiste grande, siempre sensata.

 

Déjame el lobo a mí, tú sal corriendo, avisa al cazador, que raje mi barriga, que me dispare. 

Aquí nos conocimos. Aquí cambió el paisaje. Aquí volvemos para mirar lo mismo.

Empiezo descolgando viejas fotos, las veo de repente de mal gusto. Tenía las paredes tan gastadas que apenas distinguía los restos de otra vida, mi vida sin la tuya.

Quiero hacerte el amor por una vez. Reclamo la expresión que tú me arrebataste de la boca. Hay verbos más directos. Los verbos que te gustan.

Los nervios de tu cuerpo se oprimen poco a poco, paralizan tus miembros y desatan el llanto.

Los nervios de mi cuerpo no saben derramarse, son un bloque de historias que no duermen, un cúmulo de nubes que no bajan.

Mi cama tiene rejas para asirse, grandes espacios para escapar despacio.

Primero hay que dormir, después hablamos. Hay preámbulos que duran una vida y este amor lo quiero dilatado.

Te invito a dos cafés, el mundo está durmiendo al margen de la prisa. Acaricio tus manos que no sienten. Acaricias mi cara preocupada. Me tiras de la lengua con tus labios cargados de deseo y brotan las palabras tan secas que dan sed.

Me incitas a llorar. Soy impotente. Hace años que no puedo llorar por nada ni por nadie.

Silencio, por favor. Me das la mano. Te llevo como siempre hasta la cama. Desnudo tu calor y me contagio. Sólo quiero abrazarte. Me amoldo inseparable a tu figura. No te voy a soltar, tú ya lo sabes. Accionas la palanca de mi risa y al fin el llanto nos hace respirar todo el deseo, deseo que es amor, amor reclamo. Te duermes muy despacio en el postámbulo.

 

Quieres hablar conmigo para escuchar tu voz. Me quedo en tu ciudad. Cuestiones de trabajo. Se termina la tarde sin que nadie me espere. Tengo la noche entera por delante. Una cerveza a solas, un boli y este frío atascando la sangre de mi tinta que fluye sólo a ratos con desgana.

No quiero escucharte. No quiero escucharte para que tú te escuches. Conozco cada oración. Sujeto y predicado, y atajo concluyendo tus palabras. Sentencio y me despido sin nadie que me espere.

No quiero que me escuches para escucharme yo. Asumo los errores sin hacer de la equivocación un ser maligno que adrede me persigue. No me gusta que nadie me hable de valientes. En mi cuerpo una glándula, un nervio, una palanca extraña que se acciona automáticamente, me impide desde siempre actuar de otro modo.

Huyo de los espejos que comparan mi vida con el resto. Tengo la incertidumbre atada a mi zapato y el miedo es tan constante que apenas si lo noto.

Sé que la tierra se puede partir bajo tus pies y sé que eres consciente de tu propia inconsciencia.

Atravesar las aguas habría sido fácil, un poco de confianza y se abren los mares para ti.

Se acaba la cerveza, me llaman por teléfono, la tinta se coagula en la desgana. Sabes que voy a estar cuando cambie el discurso, tendría que bastarte igual que a mí.

Un cuerpo y un silencio

Después de contestar a tus preguntas, cualquier tú, idénticas preguntas, el estómago me lanza una patada de reproche. Comienzo a equivocarme nuevamente.

Roto el silencio las palabras avanzan y se exigen, se masturban, copulan, tienen hijos, los mandan a una escuela de palabras que tienes que pagar todos los meses, se ponen a crecer, a conocerse, multiplican aún más y luego mueren, pasa un duelo y un luto, ni siquiera un silencio. Siempre hay otras que rezan sobre ellas sin dormir un momento.

Mi cuerpo está invadido de palabras, quiere marcharse y no puede besarte, dejarte entre las sábanas y cerrarte la puerta. Las palabras me exclaman, me preguntan, esperan más palabras hasta que el tiempo de alejarse ha concluido.

Otras veces sólo quiero tu boca entrando o saliendo de la mía, interminablemente. Deslizo mis dos manos apartando tu ropa, lucho con dos palabras que se escapan, las muerdo, las ignoro, las tiro por el suelo, las palabras-testigo denuncian a mi cuerpo, malos tratos, desprecio, intento de homicidio.

Me esposan las muñecas, interrogan mi boca con la mitad de un beso entre los labios y mis ojos responden cerrando la mirada a las palabras, condenándome a muerte más tarde o más temprano.

 

Hay días tan pedantes que dan asco.

Si estás lejos te acusan de distante, si te acercas las alarmas te preguntan qué quieres, si das se convierte en patético empujarle a la vida, si te tumbas delante de la tele te enferma la indolencia.

Si tardas en contestar es que abandonas, si contestas deprisa comienza a ser cansado. Si no sabes quién eres es que mientes adrede. Si preguntas qué es esto, te puede la ironía. Si gritas que ya basta, capital y pecado, te queda la soberbia.

Brecht y su extrañamiento no te sirven de nada para entender qué ocurre, extrañada no entiendes una mierda, sólo te queda Sartre, saberte de más para toda la eternidad, una exageración tamaño adolescencia que no te pega ya. Entonces vas a Nada de Carmen Laforet y lees a Juan Ramón a la entrada del libro y te quedas ahí muy quieta y en silencio hasta que pase el gusto, el olor, la luz, y sea posible otro contacto.

Si Cortázar hubiera escrito “Instrucciones para tener ganas de tener ganas” tal vez habría empezado por el simulacro de uno mismo actuando como si algo le importara hasta que algo le importara.

“Yo no sé qué hace falta para ser necesario”.

Luis Muñoz

Cuando quisiste conocerme en persona dijeron mierda. Una impresión malísima. Aquí los dos extremos, poético y prosaico. Yo te defendí. En persona no. Que sepa que no hablo. Cabezota a la par. Fue un no hablar mirando todo el rato. Un hablar sin mirar nunca a los ojos. ¿Qué pasa con mis ojos?

Mi primer regalo, una novela extraña  sobre la felicidad de otra manera. Tu primer regalo, confirmando el temor a lo contrario, sólo calor. Ninguna flor, ningún poema. Una manta eléctrica escondida en las sábanas y mis ojos se llenaron de lágrimas hasta hoy.

Esto sigue siendo todo, una extraña definición de felicidad y este calor de risa que me hace llorar.

Ahora sé qué hace falta para ser necesario.

No dije hola qué tal, cómo te va, cómo me va.

Reconozco tu voz en una palabra y siento tristeza al confirmar tu nombre. Sé quién eres, por eso no te he dicho hola qué tal, cómo te va, cómo me va.

Cuando sufriste por perder me pediste disculpas por no estar cuando la vida se me llenaba de muertos. Te dije que no importa.

Cuando sufriste por perder me pediste disculpas por no estar cuando la vida se me llenaba de separaciones. Repetí que no importa.

Cuando la vida se llenó de guerrillas, de impotencias, de niños muertos, de pavor, grité ayuda en todos los idiomas, por todos los canales. Explicarte ahora nada, ya no me salva nadie.

No reconoces mi voz en una palabra y sientes alegría al confirmar mi nombre. No sabes quién soy. Explicarte ahora nada, no importa, ya no nos salva nadie.


Primero te quise por tu forma de unir las palabras, de romper los registros, palabras de película de culto seguidas de tres tacos sin más contemplaciones, palabras tan pedantes que no pueden ser ciertas más que en los diccionarios y los verbos exactos para evitar problemas, aunque luego el problema lo aporte el receptor.

A lo mejor te quise porque no soportaba otros silencios, porque los monólogos crecían hasta hacerme pedazos los oídos y la no discusión fue el mayor desacuerdo.

Luego te quise por la forma de usar sandalias y calcetines en diciembre sin venir de otro clima intempestivo, por sentarte en la acera a ras de calle y decir que dejáramos que matara al perro cualquier coche.

A lo mejor te quise por mi casa vacía, los libros en el suelo a mochilazos, tu forma de mirar todo mi esfuerzo.

Luego te quise por la dicsomanía, nada que ver con cualquier alcoholismo, por la manera en que dijiste a los demás que era la persona más inteligente que habías conocido, tal como si fuera idiota de remate y estuviera al margen de tus conversaciones.

A lo mejor te quise porque estabas en todos mis horarios, insomne como yo hay poca gente y menos conocida.

Luego te quise por tu forma de estar de vuelta y querer empezar a caminar, porque mis lecturas fueron tus relecturas y dejaste muy clara la distancia, cuando yo no había aprendido a leer  tú estabas en la universidad y te quise aún más por soportar mi respuesta sobre el desperdicio de tu tiempo hiperextenso.

A lo mejor te quise porque aceptaste sin reparo mis canales y arrancaste tu  adicción a los teléfonos conmigo.  Porque jamás creíste en la insociabilidad que yo me atribuía, pero no me quitaste la palabra, tan sólo dijiste que no me preocupara, que del tema sabías lo mayor y no te daba miedo. Y luego cerca y tangible indicaste que nunca habías conocido a nadie expresar tanto sin necesidad de abrir la boca y todos asintieron. Más tarde tu eterna chulería defendiéndome, quien no sepa entenderte sin palabras no merece la pena.

A lo mejor te quise porque me diste tus ojos para verme y en aquel momento comprendí lo que decías, que estaba machacada y hecha trizas,  entonces pregunté y dijeron amor si ves quién eres te pierdo para siempre y para siempre fue aunque siga soñando con monólogos y lágrimas y cada tanto te entregue los ojos que me diste y no son míos.

Hoy, tal vez porque llueve y tengo los pies fríos, recuerdo que olvidé contarte que me pasa lo mismo que al soldado de cinema paradiso.

Hoy, tal vez mañana, me levante de la silla, diga <no puedo más> y ya no pueda. Se me descompensen las pulsaciones y la inteligencia y pase a lo contrario sin que sepa  explicarlo.

Los mapas mudos, los nombres propios, las mayúsculas, me pesan hoy como a los siete años.

Tal vez  te encontré por días como hoy en los que  sólo pude jugar a la peonza, mirar cómo centrifuga la lavadora, dejar el mundo girar sin decir nada…

Sé que no importa, que todo ha terminado excepto algún detalle, que la vida aplazada, suspendida, escondida del tiempo y de mí misma puede arrancar de nuevo. Sé que todos los miedos ahora se llaman problemas puntuales, problemas que se afrontan y se besan de noche mientras duermen. Sé que esos detalles no van a crecer y desbordarse porque tú estás conmigo. Porque tú estás conmigo he podido, he querido querer.

No sigas diciendo que a pesar de este aspecto frágil soy fuerte como un roble. Ya sabes que de noche las fisuras relucen en la oscuridad y la luz disimula las grietas por donde escapa el aire a bocanadas.

Llevo mil días tumbada en una incómoda mesa de disección. Han tasado calidades de madre, de pareja, contenidos concretos, objetivos alcanzados, deficiencias físicas, psíquicas, sensoriales, capacidad de síntesis, de loro, de perro amaestrado. Durante toda esta quietud desenfrenada también yo he ido evaluando a los evaluadores.

No tengo documentos donde plasmar mis propios resultados. Ceros como mundos con pajarillos muertos dibujados y un no querer seguir jugando al justo precio de los otros.

Por debajo del bien, por debajo del mal, me declaro no apta para el cúmulo de diplomas otorgados. Me valida el error, lo que no se responde cuando nadie pregunta.

Arrancamos las páginas del tiempo, el vino malo con que regamos los huecos insufribles, cuando el futuro aún cabía dentro de lo posible, y el amor era una batalla donde siempre perdíamos.

 

Después otros abismos, los que nunca imaginamos que vendrían...

 

Descorchamos la paz, la dura paz sin historia que inventarnos, para poder vivir sin desprendernos,

de ti, de mí, de los misterios. Para poder vivir, amor, vivir en paz, sin despeñarnos.

No sé qué hacer con el silencio. Cuando insisto en el mío, dejando un gran paréntesis de descanso o de tregua, es el dolor quien habla, sin gestos, sin palabras, es el dolor quien dice y me descubre mordiéndome los labios, conteniendo la súplica de alguna presencia.

 

Comenzar es difícil, después el tiempo va rodando por la inercia, hasta que apenas un rumor constata que hubo un grito, (un grito es un momento).

 

Comenzar los finales, ser consciente de ellos, temer que se repita la historia en otro nombre, cuando ya está ocurriendo, y preguntar perdida con lupa y sin indicios el instante concreto que llevaba al silencio.

 

El silencio no es cosa de un instante, lo sé, pero no quiero desalentar las noches, los poemas, la urgencia de las cartas con mil sellos.

 

Me hace falta un error cargado de mayúsculas, perseguirlo, vencerlo... Me hace falta llorar como quien llueve, inundar el dolor más alto que dio mayo, y hacer rodar peñascos, matorrales, territorios privados del amor, hasta que se derramen...

No se agota el deseo, la desazón, el miedo, este triste vivir todas las horas para un segundo apenas de promedio, un momento que sí, que lo posee todo, y sin embargo antes ni existía.

 

Mañana será más con la esperanza, saciar la madrugada con sus sueños, y luego son las horas que retornan enteras, por delante, las que quedaron en un tiempo ridículamente muerto...

 

Nada es bastante, todo no es bastante, la plenitud no existe, siempre está el regreso y el punto de partida ha mudado su puesto de vigía, ni siquiera me espera.

 

Aquí está la locura, como recurso fácil, todos participando de una palabra llana, donde poder hallarse.

 

Hasta las piedras que no sienten podrían estar locas de frío y de calor...

 

y acaso es erosión lo que nos pasa.

Mi amor, qué desastre de cuerpo esta mañana, la angustia bloqueando sus caminos, el café temblando entre las manos, la mirada perdida en el recuerdo.

 

Qué desastre, mi amor. El teléfono mudo a tus palabras, el timbre de mi puerta alerta por si vienes y yo, perdida por las calles buscando tu contorno entre las sombras.

 

Quiero pensar que no ha ocurrido tu llegada, que para el coche que adelanta mi paso entristecido, soy sólo cualquier mujer camino de algún sitio, sin el eco de tus letras atronando en mis sienes, gritando subrayado que me echas de menos, que el tiempo y su carencia no permiten encuentros, que volverás muy pronto pese a todo...

 

He venido corriendo contra el amanecer, contra esa luz impúdica capaz de arrancarle a mis ojos más certezas, cerrando, a un paso del abismo, la puerta, la esperanza. Lista para dormir, mi amor,

para dormir cien años un sueño de alimaña.

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  • #1

    Adrián Dorado (viernes, 08 abril 2011 00:20)

    Formidables tus obras. Un regocijo pasearme por ellas. Voy de a poco y la disfruto saboreando, entregándo...

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